• Jose Luis Díaz

Sanidad debe afrontar la decisión de la tercera dosis.

La pandemia ha estado marcada por la falta de previsión y la reacción tardía.


España debe someterse a una evaluación independiente de su gestión de la pandemia. No puede haber más excusas ni retrasos. Más de 18 meses después del brote, los resultados de esta crisis son catastróficos: nuestro país es uno de los que más casos presenta, y las muertes no son pocas en proporción a la población. Todo ha sucedido en ese tiempo. Los estados de alarma eran ilegales. No había expertos autorizados para aprobar la decisión. Sólo reaccionaron a raíz de los acontecimientos. Pasó con Barajas, que era un colador. Volvió a ocurrir con las pruebas de antígenos, y siempre ocurrió con variantes del virus a las que se les restó importancia, para luego reconocer que vagaban libremente entre nosotros mientras las fronteras permanecían abiertas.




Gran parte de la culpa la tiene Fernando Simón, el portavoz científico al que el Gobierno estudia ahora premiar con la dirección del nuevo Centro de Salud Pública. Pero no es sólo culpa suya, sino también de quienes le apoyaron en el cargo e impulsaron su mensaje. El gobierno, consciente de su larga lista de fracasos, se resiste a ser juzgado y presume de los avances en la vacunación como si la compra de dosis y su administración fueran su propia responsabilidad. Es cierto que se han hecho progresos. Pero no lo suficiente. La falta de previsión y la respuesta tardía han sido una característica clave de toda la pandemia, y en gran parte se debe a que el servicio sanitario estaba en declive en el momento de la penetración del virus, algo que no se ha corregido con el tiempo. Ahora llega la encrucijada de la tercera tanda, y el ministerio debe ir a por ella sin medias tintas para redimirse.

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