• Jose Luis Díaz

La ideología talibán toma como base el fundamentalismo islámico y utiliza las costumbres pastunes.

Las diferencias culturales hacen que los nuevos líderes afganos tengan menos posibilidades de ser como otros islamistas radicales.


Su interpretación del Islam excluye la más mínima desviación de la ortodoxia. Su código penal impone castigos físicos que recuerdan a la Edad Media. Se prohíbe a las mujeres entrar en los espacios públicos, y si se les permite entrar en los espacios públicos, deben cubrirse completamente el cuerpo de la cabeza a los pies. La música y otros entretenimientos están prohibidos. Así podríamos describir la sociedad talibán que conocimos en los años 90, pero también podría ser el Estado Islámico (ISIS), Arabia Saudí (antes de las últimas reformas sociales) o incluso el primer Irán revolucionario. Los islamistas radicales tienen mucho en común, pero no son lo mismo.


Estas similitudes han llevado a algunos observadores a identificar la ideología del Estado Islámico, como se autodenominan los talibanes, con el wahabismo saudí. Ciertamente, el dinero que el reino del desierto envió a Pakistán para financiar la guerra de Estados Unidos contra la Unión Soviética en Afganistán en la década de 1980 radicalizó a los estudiantes de las madrasas y alimentó los avances extremistas en la región, donde ha prevalecido un movimiento local conocido como Deobandi, originado en el siglo XIX y de origen sufí. Sin embargo, los talibanes no son wahabíes y su moral para la sociedad está más relacionada con sus orígenes pastunes que con el Islam.


Bashir Ahmad, profesor de estudios islámicos, explica que "hay muchas diferencias entre la ideología talibán y el wahabismo", que compara con la ideología del ISIS, con la que compiten los nuevos gobernantes de Kabul. "Los talibanes siguen lo que llamamos jurisprudencia hanafí, y [los grupos wahabíes] no siguen ninguna de las escuelas hanafí, shafi'i, maliki o hanbali [del Islam suní]; tienen sus propias ideas", dijo en una entrevista desde Kabul.


Como explica Zahid Hussain, experto pakistaní en el fenómeno talibán, se trata de "un movimiento construido sobre el fundamentalismo islámico y la estricta adhesión a la cultura conservadora pastún". Esta distinción aparentemente académica puede ser la clave de la capacidad de los talibanes para actuar como gobernantes flexibles. Quizá el ejemplo más evidente y fácil de entender sea el burka, una prenda común en la sociedad pastún pero sin parangón en el resto del mundo islámico.


En su primer reinado, los talibanes introdujeron el burka para las mujeres afganas, sobre todo en las ciudades fuera de su feudo, donde sus costumbres eran más polémicas. En el campo, les bastaba con la segregación existente, y los miembros de la tribu nómada kuchi nunca llevaban la falda de ojos rasgados. Ahora se habla del hiyab obligatorio, no del burka.




El hecho de que se trate de un imperativo cultural más que religioso permite cierta flexibilidad. Sólo el 40-50% de la población afgana es pastún; la otra mitad, aunque formada por minorías étnicas también musulmanas y generalmente conservadoras, no sigue los mismos códigos. Queda por ver cuáles serán las normas y si el cubrimiento de la cabeza permitirá a las mujeres trabajar y participar en la vida pública, como en Irán (donde gobierna un régimen islamista chiíta), o si el objetivo es encerrarlas en sus casas.


Las comparaciones con Irán también han surgido en los últimos días en el contexto de las filtraciones de que el líder talibán se convertirá en la máxima autoridad del país, comparable al jefe de Estado, con una voz decisiva en asuntos religiosos, políticos y militares. Esta cifra se refiere al líder supremo de Irán, actualmente el ayatolá Alí Jamenei. Sin embargo, los talibanes son suníes, y en la tradición suní se cuestiona la idea de seguir a un líder (el concepto de taqleed). Mientras que los deobandis lo aceptan, los salafis lo rechazan.


En cuanto al nombramiento de Hibatullah Akhunzada como líder supremo, Ahmad explica que "éste es el gobierno talibán". "Hay una gran diferencia entre el gobierno iraní y el gobierno talibán. Quizá desde fuera se parezca a la del gobierno iraní, pero no hay ninguna relación", subraya, sin entrar en detalles sobre las diferencias. "En los próximos días lo entenderás mejor", responde a una pregunta tras un ejemplo.


Otra diferencia importante con los wahabíes o salafistas, como prefieren llamarse es el concepto de yihad, o guerra santa. Mientras que para estos últimos es un imperativo (como se ve con Al Qaeda o ISIS), para los deobandistas es un concepto menos estricto. Puede que los talibanes hayan albergado alguna vez a Al Qaeda, pero nunca han estado asociados a operaciones fuera de su país. Por ello, Estados Unidos no los ha incluido en su lista de organizaciones terroristas (aunque sí a una de sus facciones, la red Haqqani), ni cree que supongan ahora una amenaza directa para sus intereses.


Es revelador que el seminario teológico Dar ul Ulum de Deoband (India), del que procede el movimiento Deobandi y del que toma su nombre, haya apoyado sistemáticamente los esfuerzos de los talibanes, pero haya condenado el terrorismo islamista (incluso emitió una fetua al respecto en 2008).


Los salafistas también son más intolerantes que los deobandis con los no musulmanes (kuffar) e incluso con los musulmanes que no siguen su línea, como se puede ver en el trato que el Estado Islámico daba a las minorías (yazidíes, cristianos o chiíes) cuando controlaba el norte de Irak y el sur de Siria. A la pregunta de si la ideología de los talibanes está más cerca de la teocracia iraní o del régimen saudí, Ahmad respondió que no es ninguna de las dos cosas. "Tienen su propia idea de gobierno", concluye.


Aunque esto pueda parecer contradictorio, dadas las diferencias doctrinales inherentes a las dos ramas del Islam, otros analistas creen que los talibanes tienen hoy mejores relaciones políticas con Teherán que con Riad.

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