• Jose Luis Díaz

La crisis de los semiconductores: fábricas cerradas, obras paradas y productos agotados

Algo falla en la globalización cuando un comprador de un coche tiene que esperar nueve meses para recibirlo, y cuando los barcos de contenedores permanecen en los puertos de Rotterdam, Amberes o Los Ángeles durante más de una semana. Algo ocurre cuando las empresas del sector del juguete no saben si tendrán sus productos a tiempo para la temporada navideña. Cuando las fábricas de automóviles cierran porque no tienen semiconductores, y las obras de construcción se retrasan por la escasez de madera, aluminio o acero. Incluso el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha salido a decir a los distribuidores como Fedex y UPS que dormir es un lujo que no pueden permitirse en medio de una crisis de la cadena de suministro, y que deben realizar entregas las 24 horas del día para aliviar la monumental avalancha de mercancías que se acumulan en los almacenes y los barcos.


El comercio mundial, que ha sido un ejemplo exitoso de logística durante décadas, ha quedado fuera de juego durante 20 meses por la pandemia. En primer lugar, se cerraron las fronteras y las fábricas. Más recientemente, se ha producido una demanda insoportable en un contexto de cierres de fábricas por infecciones ocasionales, una alarmante escasez de chips, un aumento del ahorro debido a los incentivos públicos que se destinan a la compra de bienes físicos frente al estancamiento de los servicios, una arriesgada dependencia de China, una escasez de conductores de camiones y un aumento general de los costes debido a la subida de los precios de la energía, las materias primas y el transporte de contenedores.


En este escenario, ya suenan los primeros cantos de la desglobalización, con el presidente francés Emmanuel Macron liderando el coro de la reindustrialización con un plan de 30.000 millones de euros para convertir a Francia en un país líder en innovación. La palabra soberanía vuelve a estar de moda tras décadas de deslocalización para producir más por menos gracias a la mano de obra barata asiática. Pero a pesar de la gravedad de la crisis de suministro, China no dejará de ser la fábrica del mundo de la noche a la mañana. Se está moviendo más lenta y sutilmente: la UE no ha olvidado la caótica llegada de aviones chinos repartiendo mascarillas a Europa y quiere ser autosuficiente al menos en áreas básicas como la sanidad. Tampoco las estanterías amanecerán vacías: en un ambiente de feroz competencia, los productos que tardan meses en volver a estar disponibles serán sustituidos por otros en las estanterías.

En cualquier caso, la irregularidad es colosal. No lo suficiente como para descarrilar por completo la recuperación, pero sí para frenar su impulso. Media docena de fuentes contactadas coinciden en que probablemente terminará en algún momento de 2022, pero no se ponen de acuerdo sobre si al principio o al final. Tampoco la Organización Mundial del Comercio, que utiliza la vaga formulación de "varios meses", es mucho más clara, aunque un número creciente de consorcios está retrasando la normalización hasta 2023.


Fernando Gil, director general de BSH Electrodomésticos, del grupo Bosch, y presidente de APPLiA, la patronal del sector, conoce el problema. "Muchos grandes aparatos electrónicos, como lavadoras, frigoríficos y hornos, tienen componentes que vienen de China y se ensamblan en Occidente. Y los cierres de fábricas, los retrasos en los envíos por falta de contenedores y los cuellos de botella en los puertos han provocado escasez", resume. Tienen proveedores en España, Marruecos, Polonia, Turquía, China, Japón y México, entre otros, para producir una lavadora. "Pero si no tienes un chip de Taiwán, te da igual que sean 20 o 30 países. La manada siempre va a la velocidad del búfalo más lento".


En su opinión, es necesario reubicarse, aunque a veces las fronteras se difuminen. "Si contratas a un proveedor de Zaragoza y abre una fábrica en China para ahorrar costes, ¿es un proveedor español o chino?". La escasez de componentes retrasa la producción de algunos modelos hasta un año, pero existe un catálogo más amplio para ello. "La gente necesita una lavadora. Si no tienen el que quieren, compran uno similar", concluye Gil, que ha visto un cambio de hábitos. "En mi sector se ha producido una vuelta al efecto cueva. Como la gente vivió tanto en casa durante la pandemia, se acostumbró a pasar mucho tiempo en ella y se dio cuenta de que el colchón, la televisión y el horno eran viejos. Y como no había oportunidades de gasto en hostelería, viajes o moda, gastaban mucho en mejorar el mobiliario de sus casas".


















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