• Fernando Carrasco

El exceso de las pantallas puede perjudicar el desarrollo cognitivo de los niños.

Entre los menores, el consumo digital en verano aumenta un 25%, lo que puede generar una adicción que ahora hay que curar.


Las vacaciones escolares están llegando a su fin y la vuelta al cole es ya una realidad en la mayoría de las comunidades autónomas. Con esto llega el momento de volver a la rutina y poner fin a los excesos que hemos cometido en los últimos dos meses. Entre estos excesos destaca el uso desproporcionado de los dispositivos móviles, que en muchos casos sirven como solución al habitual aburrimiento que persigue a los niños o como remedio "fácil" a las largas esperas asociadas a las comidas o a los desplazamientos durante la época estival.


Se estima que el consumo de contenidos digitales crece un 25% durante el verano, y los más jóvenes de la casa son gran parte de esta cifra. "El uso de las pantallas de los móviles ha aumentado considerablemente en la última década. Algunas investigaciones de 2015 informan de que el uso de este tipo de dispositivos ha aumentado del 40% al 92% en solo cuatro años (de 2011 a 2015). Esto dice mucho de las verdaderas desviaciones que estamos cometiendo como sociedad y de la poca conciencia que hay", lamenta María Couso, psicóloga clínica y fundadora de Play Fun Learning.


Muy perjudicial para los niños

Este mal uso de las nuevas tecnologías no cae en saco roto cuando se trata de niños y puede ser muy perjudicial para los menores, tanto a nivel cognitivo como emocional, social y de salud. "Sabemos que el uso de dispositivos aumenta la probabilidad de sufrir miopía u ojo seco. Además, la calidad del sueño en las nuevas generaciones ha disminuido, así como su cantidad, ya que en gran medida no se respetan las horas de descanso recomendadas. Pero el verdadero problema es la falta de interacción real con el mundo, con el entorno y con los demás", advierte Couso. En concreto, la experta señala que "la excesiva estimulación que proporciona la pantalla hace que la vida real sea aburrida para muchos niños, y así lo señalan expertos como Nicholas Christakis al afirmar que el consumo de estos dispositivos de cero a tres años conduce inexorablemente a problemas de atención a los siete."


La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia Americana de Pediatría (AAP) advierten que el consumo de contenidos digitales de cero a dos años debe ser nulo. De hecho, diversos estudios han concluido que la sobreexposición a la tecnología se asocia a un deterioro de la atención y la función ejecutiva, a retrasos cognitivos, a un aprendizaje incoherente, a una mayor impulsividad y a una menor capacidad de autocontrol. Y las razones son de peso porque, como explica Couso, "ver cualquier tipo de pantalla en estas edades tiene consecuencias neurológicas negativas para cualquier niño."




En este contexto, septiembre es el momento perfecto para salir de la peligrosa dinámica de que los niños opten por el entretenimiento móvil y vuelvan a los juegos de mesa tradicionales, que cada vez son más diversos y sofisticados. "Siempre estamos creciendo cuando jugamos, y la falta de consecuencias negativas de usar juegos de mesa los convierte en la mejor opción frente a cualquier pantalla", dice Couso. Y las posibilidades son casi infinitas porque "hay muchos juegos con los que trabajar diferentes habilidades cognitivas como la atención, la concentración, la memoria, el razonamiento lógico, el razonamiento abstracto, el lenguaje, las matemáticas, etc. Son un excelente complemento de las clases escolares", dice Laura Tejedor, psicóloga y neuropsicóloga de niños y adolescentes.


Aunque pueda parecer que "sólo" jugamos, los beneficios del juego son innumerables. "Además del trabajo que realizamos en el conteo de puntos o tarjetas en una competencia matemática o en el uso del lenguaje y su riqueza en algunos juegos de esta competencia, los juegos de mesa nos ayudan a entrenar funciones muy importantes para la vida, como frenar nuestros impulsos, la toma de decisiones, la flexibilidad cognitiva ante los obstáculos del juego (y de la vida), la planificación de las tareas a realizar, el aprendizaje de las reglas del juego para interactuar y hacerse respetar por otros jugadores..." Necesitamos todas estas grandes características y qué mejor manera de trabajar en ellas que a través del proceso más natural e inherente que tenemos delante", dice Couso.


Este beneficio es aún más importante para los niños con problemas de salud subyacentes, como los trastornos del neurodesarrollo, que "pueden no ser curables, pero sus síntomas pueden trabajarse y mejorarse", dice Couso. En este sentido, "por ejemplo, los niños con déficit de atención pueden beneficiarse de juegos que entrenen su atención y les permitan mantenerla, mientras que las dificultades en las relaciones sociales, el trastorno del espectro autista u otros diagnósticos relacionados pueden trabajarse a través de juegos centrados en las habilidades sociales o del lenguaje, que creen conversación y fomenten el diálogo", explica Tejedor.

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