• Fernando Carrasco

Djokovic rompió a Medvedev.

El ruso se coronó en Nueva York al vencer al número uno en la final.


Él, el maestro del procesamiento de la presión y el rey del escapismo, el hombre que casi siempre encuentra la llave para abrir los grilletes y liberarse bajo el agua, acaba consumido por una tonelada de emociones que se desbocan en su subconsciente. Novak Djokovic no aguanta más. Y se rompe. A punto de rendirse definitivamente, y perder así la oportunidad de ganar el codiciado Grand Slam (los cuatro majors del póker en una temporada), y ese 21ºgrande que le permitiría superar por primera vez a Rafael Nadal y Roger Federer en un grand slam histórico, se derrumba finalmente. Su cara se pone roja, y llora en su silla, y Daniil Medvedev, colosal de principio a fin, contempla a la perfección su primer major: un triple 6-4, tras 2h 15.


En otras palabras, el ruso de veinticinco años, número dos del mundo, abre su casillero y priva al número uno del doble hito que tenía a su alcance. Adiós disco, adiós trébol de cuatro hojas. Un desenlace rudo para el serbio, consumido por la expectación y rendido entre lágrimas. "Pido disculpas a los aficionados y a Novak, todos sabíamos lo que pretendía hoy", dijo el campeón, al que Nole venció en la final del Abierto de Australia de enero y que, tras una majestuosa actuación, se convirtió en el primer representante masculino de su país en celebrar un major desde Marat Safin en 2005 en Melbourne. Un yunque cayó sobre la cabeza de un Djokovic alterado.



Incluso una mente tan cerrada y privilegiada como la suya está impregnada de dudas. El número uno, nervioso desde el principio, le cuesta encontrarse en la final y lo paga caro, muy caro, con una salida accidentada. Cuando se pone en marcha, Medvedev ya le ha roto el servicio una vez y esa rotura le cuesta el primer set. La palanca del ruso en este tramo inicial es un detonante, un numero dos implacable que se conoce el guión al dedillo y simplemente tira de lógica y deduce que lo mejor es acortar y acelerar, a su estilo: a nadie le interesa enfrascarse en un peloteo con Nole, luego servir, servir y volver a servir. Golpe a golpe, manga en el bolsillo. Una ronda más, y serán cinco seguidas en el torneo, Djokovic alejándose.


El aficionado neoyorquino, aficionado a la historia, interpreta que es el momento de dar el impulso al balcánico, pálido y demasiado contemplativo, sin su habitual autoridad, para que tome la iniciativa. "¡Ole-Ole-Nole!", se dice el centrocampista neoyorquino mientras desenreda la papilla (2-0 y 15:40), tratando de recuperar el terreno perdido con el corazón más que con la convicción, sintiendo que, haga lo que haga, vendrán interminables golpes de Medvedev, o que por mucho que se estire y trate de anticipar su saque abierto, serán inalcanzables: mucho de lo primero, sólo tres concedidos con lo segundo. Bingo para los moscovitas. Y luz roja para Djokovic, diez errores tempranos.


Un set abajo y sin conseguir una sola oportunidad de break, Nole sigue dando la impresión de estar demasiado tenso, con el brazo rígido y envuelto en un millón de fantasmas, mientras que a su rival no le tiembla el pulso lo más mínimo. Puntada a puntada, como si no sintiera ni sufriera nada, Medvedev desata sus nervios y fuerza su derecha, y Djokovic intenta hacer una variable adelantándose en el seguimiento. Inclinándose con más fuerza hacia la red, el número uno empieza a ver destellos de luz, pero nunca son suficientes. Frío como el hielo, el ruso le niega y se aferra a su derecha, sin polvo y errática, y el revés paralelo que dicta tampoco es noticia. En otras palabras, todo va mal. El volcán está empezando a agrietarse.


Nole desaprovecha los tres primeros puntos de rotura que consigue, y luego tiene que apagar otro fuego frustrando los dos siguientes de su rival. Después de golpearse los muslos con frustración, da rienda suelta a todo lo que llevaba dentro y estrella su raqueta contra el suelo, ya que tenía el punto controlado y se dirigía al descanso, pero el árbitro que preside la sesión detiene la acción debido a un extraño sonido por la megafonía y se desata el calor: primero un amago y luego, tras una larga devolución, una explosión: ¡bang, bang, bang! El arco de su raqueta se rompió y un escenario aún peor, ya que volvió a ceder su servicio (a 2:3 en el segundo set) y se derrumbó definitivamente. Sin un patrón de juego definido y fuera de posición, rompió con la derecha.


Frente a él, Medvédev no baja el tono y repite. El ruso viene a decirle en cada intercambio que no va a ceder y que no va a ofrecer ni un solo punto de rotura. Si en la final de Australia de este año bajó la guardia, esta vez no baja ni un ápice, un gigante sólido de principio a fin, de esa forma robótica que desdibuja hasta lo más compacto. Sin vida y sin anclaje, sin chispa ni espíritu de rebeldía, Djokovic lo combate con golpes ciegos y contraataques desesperados, buscando un servicio-red en el tramo final. En ningún momento dio la impresión de poder hacerle cosquillas a su oponente, cada vez más tranquilo y cada vez más inabordable; amenazante desde el punto de vista estratégico y ganador desde el punto de vista técnico.


Nole desaprovechó las tres opciones de rotura que se granjea y luego tuvo que apagar otro incendio al frustrar los dos siguientes de su oponente. Después de golpearse los muslos por la frustración, da rienda suelta a todo lo que llevaba dentro estrellando su raqueta contra el asfalto, ya que tenía el control del punto y se dirigía a la rotura, pero el árbitro que preside detiene la acción debido a un extraño sonido por la megafonía y se produce el calor: primero un amago y luego, tras una larga devolución, una explosión: ¡bang, bang, bang! El arco de su raqueta se rompió y un escenario aún peor, ya que volvió a ceder su servicio (a 2:3 en el segundo set) y se derrumbó definitivamente. Sin un patrón de juego definido y fuera de posición, rompió con la derecha.


Frente a él, Medvédev no baja el tono y repite. El ruso viene a decirle en cada intercambio que no va a ceder y que no va a ofrecer ni un solo punto de rotura. Si en la final de Australia de este año bajó la guardia, esta vez no baja ni un ápice, un gigante sólido de principio a fin, de esa forma robótica que desdibuja hasta lo más compacto. Sin vida y sin anclaje, sin chispa ni espíritu de rebeldía, Djokovic lo combate con golpes ciegos y contraataques desesperados, buscando un servicio-red en los tramos finales. Tampoco da nunca la impresión de poder buscarle las cosquillas a su adversario, cada vez más tranquilo e inabordable; amenazante desde el punto de vista estratégico y ganador por cohesión técnica.


Arañados dos breaks más en el último set, con una mínima concesión de Medvedev, que sólo alarga el reloj, Nole se retira sin perdón. Se rinde confusamente entre gruñidos y sin ningún atisbo de rebeldía, como si el verdadero Djokovic no hubiera caído y hubiera sido sustituido por un holograma descafeinado. El serbio no estuvo en ningún momento. No se beneficia de ninguna de las embestidas finales, ni de los feos gritos que le lanzan sus seguidores para descentrar al ruso mientras le sirve para completar la victoria, con todo ya decidido. Si en Melbourne le funcionó su plan de contar con la boca -7-5, 6-2 y 6-2 en aquella noche australiana-, en esta ocasión es Medvédev quien lo está bordando.


Le consume la gigantesca presión de cerrar los Grand Slams -el último hombre en hacerlo fue Rod Laver en 1969 y la última mujer fue Steffi Graf en 1988- y superar a sus dos rivales para la historia por primera vez. El gran golpe que planeó no le salió y sobrevive a su sexta derrota en la final de Nueva York. Lo limpia con dificultad, con la voz quebrada y los ojos llorosos. Medvedev, por su parte, asciende por fin a su tercera final de un major tras varios años llamando a la puerta. Su gloria es la pena de Nole.



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